Probablemente algunos lo notaron. Tal vez otros no. Pero sentimos que ya es momento de compartir esta historia.
Como muchos saben, especialmente quienes nos acompañan desde el inicio, Tony y yo tenemos trabajos de tiempo completo. Y no cualquier tipo de trabajos: son exigentes, absorbentes y, en ocasiones, hacen que encontrar tiempo para Salem House sea todo un acto de magia.
Si además son también emprendedores, probablemente entenderán el dilema. Las redes sociales parecen tener una regla no escrita: si no se publica, se está destinado a pasar desapercibido. Si desaparecés, perdés alcance. Y si perdés alcance, las ventas también lo sienten. El algoritmo, en toda su infinita sabiduría, parece castigar cualquier intento de tomarse un respiro. Una pequeña esclavitud digital moderna, si nos preguntan.
Por eso, hace unos meses, decidimos buscar ayuda.
Pedimos recomendaciones, hicimos entrevistas, escuchamos propuestas y hasta amigos cercanos quisieron sumarse al proceso. Finalmente, elegimos una pequeña agencia que nos entusiasmó muchísimo. La persona detrás de la agencia entendía lo que queríamos construir y nos presentó una propuesta que sonaba prometedora. Mientras se respetara la esencia de Salem House, pensamos que todo estaría bien.
Y durante un cortísimo tiempo, lo estuvo.
Los primeros posteos funcionaron. Recibíamos comentarios positivos, mensajes privados y parecía que todo avanzaba en la dirección correcta. Había algunos detalles que nos hacían ruido, pero los dejamos pasar. Después de todo, estaban empezando y no queríamos convertirnos en esos clientes imposibles que cuestionan cada pequeño cambio.
Hasta que los detalles dejaron de ser detalles.
La agencia comenzó a depender cada vez más de la inteligencia artificial. Y antes de continuar, queremos aclarar algo: no estamos en contra de la IA. De hecho, nosotros mismos la utilizamos como herramienta. Bien utilizada, puede ser increíble. El problema aparece cuando deja de ser una herramienta y se convierte en quien toma todas las decisiones.
Y ahí fue cuando empezaron los problemas.
Muchos conocen la historia de Salem. Él fue la inspiración detrás de todo esto, pero también es parte de un legado que procuramos tratar con muchísimo cariño y respeto. Por eso nos empezó a incomodar ver publicaciones donde aparecía representado de formas que jamás habríamos aprobado.
De pronto aparecía Salem sosteniendo una botella de vino y tenía una pata con seis garritas.
Y sí, sabemos que puede sonar hasta gracioso, pero en el momento nos producía una mezcla de vergüenza, frustración y desconcierto.
Lo más complicado fue que, poco a poco, dejamos de tener visibilidad sobre lo que se publicaba. Las publicaciones aparecían y nosotros las descubríamos al mismo tiempo que ustedes.
Cuando señalábamos estos problemas, las respuestas solían ser las mismas:
«Si eliminamos el contenido, el algoritmo los va a castigar.»
Y quizá era cierto.
Pero también creemos que es mejor tener menos contenido y sentirnos orgullosos de él, que publicar por publicar.
Con el paso de las semanas, empezamos a desconectarnos de nuestras propias redes sociales. Y cuando finalmente nos sentamos a hablar seriamente, llegamos a una conclusión bastante sencilla:
Estábamos pagando por contenido que no representaba a Salem House.
Contenido generado por completo con IA, sin revisión, sin consultas previas, sin el cuidado que se nos había prometido.
Entonces nos hicimos una pregunta incómoda:
Si igual vamos a tener que revisar, corregir y preocuparnos por cada publicación… ¿por qué no hacerlo nosotros mismos?
No somos diseñadores profesionales.
No somos expertos en marketing.
Y definitivamente no somos los reyes de las tendencias de redes sociales.
Pero conocemos Salem House mejor que nadie.
Sabemos qué historias queremos contar. Sabemos qué se siente abrir una caja nueva de productos, pasar horas buscando proveedores, invertir fines de semana enteros en la tienda o desvelarse por una idea que probablemente nadie más entienda.
Eso no significa que todo lo que hagamos será perfecto.
De hecho, aquí viene la parte más dolorosa de esta historia.
Hacer crecer una comunidad como la nuestra no es fácil. Salem House no es una tienda para todo el mundo, ni pretende serlo. Cada persona que nos sigue, comenta, comparte o compra algo ha llegado hasta aquí porque conecta con este pequeño universo extraño que hemos construido.
Por eso nos dolió tanto ver cómo, en menos de dos meses, más de cien personas decidieron irse.
Quizá para algunos sea solo un número.
Para nosotros, son personas reales.
Y perderlas nos hizo cuestionarnos muchas cosas.
Al final tomamos la decisión de retomar completamente el control de nuestras redes y volver a hacer las cosas a nuestra manera. Sin dramas. Aunque sí nos dolió que no hubo segundas oportunidades solicitadas ni disculpas.
Así que, si en los próximos días ven contenido con energía muy artesanal, gráficos que tal vez no ganen premios de diseño o publicaciones que se sienten más humanas que perfectas… fuimos nosotros.
Porque estamos de vuelta.
Y aunque nuestro contenido no siempre sea impecable, sí podemos prometer algo: cada publicación, cada fotografía, cada texto y cada idea que vean tendrá algo que ninguna herramienta puede replicar por completo.
Nuestro tiempo.
Nuestra atención.
Y nuestro cariño.
Gracias por la paciencia que nos han tenido durante estos meses. Gracias por seguir aquí, incluso cuando las cosas no salieron como esperábamos. Y gracias por acompañarnos mientras arreglamos el pequeño desastre que dejamos entrar a casa.
Con cariño,
Ari & Tony

