Uno de mis sueños viajeros siempre fue visitar la ciudad de las brujas: Salem, Massachusetts. Siempre lo vi tan lejano, casi inalcanzable. Cada vez que veía una película ambientada allí o a algún creador de contenido caminando por sus calles, mi deseo crecía un poco más. Pero ese sueño empezó a tomar forma en 2021, cuando planeamos un viaje familiar a Boston. No fue sino hasta que extendimos el mapa que noté lo cerca que estaba Salem… y ahí mi corazón explotó de emoción.
Y por esas coincidencias que parecen destino, las fechas coincidían justo con el 31 de octubre. Halloween en Salem. El escenario perfecto. Hicimos reservas, compramos boletos de tren y planeamos cada detalle con una ilusión inmensa. En aquel entonces todavía había muchas restricciones por COVID-19, y aunque Tony se enfermó justo una semana antes, todo salió bien. Estábamos listos para vivir la experiencia.
Llegamos a Salem un domingo… y fue una locura. Nunca imaginamos la cantidad de gente que se reunía allí ese día. Disfraces impresionantes, ferias, puestos de comida, tiendas locales, música, museos, y filas para absolutamente todo. Dos horas para comer, otras tantas para los baños. Pero nada de eso importaba: la emoción podía más. Caminamos durante horas, compramos recuerdos y, en algunos momentos, me sentí como un extra dentro de una película de terror.
Al caer la noche teníamos nuestro walking tour. Nos reunimos frente al City Hall de Salem, el mismo donde filmaron la escena del baile de los padres en Hocus Pocus. Allí apareció nuestro guía: un hombre mayor vestido como hechicero, con una energía magnética. Con su linterna y su voz profunda, nos llevó por las calles antiguas mientras contaba historias que parecían salir del aire mismo.

Pasamos frente a casas, cementerios y edificios cargados de historia. En cada esquina se sentía el peso de lo que allí ocurrió: los Juicios de Salem de 1692, aquel momento en el que el miedo y la superstición se mezclaron con la religión y acabaron con vidas inocentes.
Más de 200 personas fueron acusadas, 19 ejecutadas en la horca y una más aplastada con piedras por negarse a confesar. Lo más aterrador era lo poco que hacía falta para ser culpable. Una mujer plantó un árbol que, años después, dio frutos… y eso bastó para que su vecino la denunciara por brujería. Hoy, ese árbol sigue en pie junto a un bar local, testigo silencioso de su historia. Otra fue acusada porque el reflejo del sol en su espejo encandiló a un hombre que pasaba. “Magia maligna”, dijeron.
Nuestro guía mencionó algo que pocos saben: entre los documentos del tribunal se hallaron símbolos extraños y firmas marcadas por los jueces, convencidos de que así protegían los papeles de hechizos. También existían las “pruebas espectrales”, donde bastaba con que alguien asegurara haber visto el espíritu de una mujer en sueños para que fuera arrestada. Era el miedo disfrazado de justicia.
Ya casi al final del recorrido nos topamos con una manifestación religiosa. Algunos gritaban que “no se debía celebrar Halloween” y que la evolución era una mentira. Pero mientras veía a la gente riendo, bailando y disfrutando, pensé que no hay nada de malo en celebrar si no hay mala intención detrás. Las tradiciones cambian, evolucionan, y lo importante siempre será el respeto.
Esa noche aprendimos mucho. Que Salem no es solo una historia de brujas, sino una historia sobre el miedo, la ignorancia y lo que ocurre cuando se apagan las voces de los diferentes.
También descubrimos algo hermoso: el origen del “Dulce o Truco”. Esta costumbre tiene raíces en el antiguo Samhain celta, una festividad que marcaba el fin del verano. Se creía que esa noche los espíritus de los muertos regresaban, y la gente dejaba comida fuera para mantenerlos contentos. Con el tiempo, el cristianismo transformó la práctica: los niños pedían “pasteles de alma” a cambio de rezos por los difuntos. Siglos después, los inmigrantes irlandeses llevaron la tradición a Estados Unidos, donde se convirtió en lo que hoy conocemos como Trick or Treat.
Salem reúne todas esas historias en un solo lugar: la fe, el miedo, la vida, la muerte, la memoria y la magia. Es una ciudad que convirtió su tragedia en lección y su lección en símbolo.
Mientras caminábamos de regreso al tren, con las luces naranjas reflejándose en los charcos y el aire frío llenándonos de energía, pensé que todas esas almas inocentes quizás siguen ahí, invisibles, en cada mujer libre, en cada alma curiosa, en cada persona que se atreve a creer en algo más grande que el miedo.
Porque al final, Salem no es solo un lugar. Es un recordatorio de que lo mágico existe.
Y que, a veces, solo hace falta un poco de ilusión… para verla brillar entre las sombras.

Con cariño, Ari.


